Todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Este es uno de los principios que consagra cualquier democracia que se digne de serlo, cualquier sociedad libre y donde el único imperio es el de la Ley. Lo contrario es la jungla, la barbarie, y ahí está la televisión, donde eres culpable, pese a que demuestres por activa y por pasiva tu inocencia.
Una triste lectura que resume uno de tantos escándalos de aquella España de los 90, como fue el del pub
Arny, en Sevilla, que lejos de esclarecer lo que ocurrió de verdad, se convirtió en una auténtica caza de brujas y una cruzada contra la homosexualidad, considerada delito apenas unas décadas antes de que estallará el caso.
El director Juan Moya es el responsable de Arny. Historia de una infamia, disponible en HBO, donde ha condensado en tres capítulos de diversa factura (el mejor, el primero) todo lo acaecido a principios de 1996, cuando saltó a la opinión pública la investigación sobre una trama de corrupción de menores en este pub sevillano de ambiente gay.
Durante meses, nombres de acusados, muchos de ellos sin fundamente, se fueron sumando a una lista con la que desayunaba, dormía y cenaba media España, a cauda de una televisión y, en menor medida, prensa escrita, trituradora de inocentes. Un asunto que generó un tremendo revuelo mediático porque entre los casi 50 imputados se encontraban con famosos como Jesús Vázquez, Jorge Cadaval, Javier Gurruchaga y el juez de menores de Sevilla, Manuel Rico Lara, al que destrozaron una intachable carrera por unos intereses que no terminan de aclararse del todo en esta miniserie.